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Barandilla: La escuela de la vida

La necesidad de hacer referencia crítica a los hechos inmediatos frecuentemente peligrosos, indebidos, desafortunados o riesgosos, ignora y pasa de largo por la vida y obra de mexicanos que inmersos en sus circunstancias y trayectorias de vida han hecho trascendentes aportaciones frecuentemente olvidadas o desconocidas; es de reconocer la significación del concepto de noticia asociado a lo negativo, siendo infrecuente el elogio sincero y la justa gratitud, ajenos a la exaltación ridícula y desmesurada de hechos y hazañas inexistentes que resultan chocantes, falsas y convenencieras al ser tan frecuente en los discursos oficiales, torturando con esas narraciones a los forzados espectadores que además deben aplaudir.
La calle principal, que da entrada al bello, prehispánico y colonial barrio de Coyoacán en la Ciudad de México, lleva el nombre de un ilustre campechano Francisco Sosa. Su nombre completo era Francisco de Paula Sosa y Escalante 1848-1925; este poeta, escritor, biógrafo y político nació en Campeche cuando esa Entidad formaba parte de Yucatán. En Mérida estudió Latín, Filosofía y Jurisprudencia y durante su infancia y primera juventud conoció y se relacionó con Justo Sierra Méndez y con el poeta Ignacio Ramírez, el nigromante.
Francisco Sosa falleció a los 77 años en condiciones de enfermedad, soledad y pobreza, precisamente en el barrio de Coyoacán en la calle que cambió de nombre, de Calle Real a Calle Francisco Sosa como homenaje póstumo a su obra literaria y grandes aportes a la conservación de la historia de México; la casa que habitó se encuentra dentro de la Plaza de Santa Catarina, donde está erigida su imagen en un busto de bronce.
A lo largo de su vida fundó y escribió en varias revistas y periódicos, ocupó diversos cargos públicos, fue diputado, senador, director de la Biblioteca Nacional y por sus ideas liberales y contrarias a la reelección de Lerdo de Tejada, padeció cárcel precisamente en la insalubre prisión de San Juan de Ulúa, Veracruz, donde los internos temían más a las picaduras de los insectos que a la privación de la libertad.
Durante el gobierno de Porfirio Díaz, pudo llevar a cabo un gran proyecto historiográfico, que aun hoy es referente obligado de la Ciudad de México; él tuvo la gran idea de adornar un enorme tramo de la Avenida Paseo de la Reforma con las estatuas o placas referentes a dos destacados mexicanos originarios de cada Entidad del país. La idea de develar estos monumentos se inscribía en los festejos por los 100 años de la independencia de México; hasta el día de hoy esas estatuas y placas conmemorativas adornan la principal avenida de la ciudad capital del país, en un tramo que va de la glorieta de Carlos IV a la de Cuauhtémoc.
Desde la perspectiva de Francisco Sosa la enorme extensión territorial de México no debería ser impedimento para conocer y reconocer a aquellos compatriotas destacados. Así surgió la idea de darlos a conocer, aportando a la unidad nacional; fue gran defensor de la fusión cultural entre indígenas y españoles, dejando plasmado su pensamiento en más de una decena de importantes obras de valor biográfico e historiográfico, entre las que destacan Biografía de Mexicanos Ilustres, escrita en 1884 y El Episcopado Mexicano, escrita en 1877.
Francisco Sosa es además conocido en la literatura mexicana como padre del aforismo, figura literaria que consiste en la construcción de sentencias breves, cuya profundidad trasciende el texto que las expresa. Publicó en 1910 una sustanciosa obra que lleva el sugerente título de Breves notas tomadas en la escuela de la vida; el texto da la impresión de ser autobiográfico, hace gala de su experiencia de vida y de su habilidad aforística. En sutiles y luminosas pinceladas de palabras precisas muestra como la verdad en ocasiones es revelación inobjetable que deja huella en el alma y la conciencia.
En Breves notas tomadas en la escuela de la vida, Francisco Sosa afirma que las mentiras más crueles siempre se pronuncian en voz baja. En otra parte del texto escribe que quien tiene necesidad de explicarse y justificarse, en realidad se traiciona, porque toda aclaración esconde intención de complacencia.
mcplataspacheco@gmail.com

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