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Barandilla: Falacia de concepto

Aristóteles, siglo IV a. C, el gran autor y sistematizador de las obras que estudian el proceso del razonamiento correcto, advirtió que aún cuando el entendimiento humano está capacitado para conocer la verdad, en ocasiones el pensamiento no llega a conclusiones verdaderas y a esta posibilidad de falla la llamó falacia, razonamiento deficiente, con apariencia de verdad, pero que contiene error.
Según Aristóteles las falacias pueden ser de dos tipos; en ocasiones el error es producto de la ignorancia de quien por carecer de conceptos correctos llama a las cosas con el nombre que no les corresponde, en este caso estamos en presencia de falacias de buena fe o paralogismos; existen otras formas de razonamiento incorrecto o engañoso que suponen dolo o mala fe, es decir la intención de inducir a error al formular argumentos a sabiendas que el concepto empleado no es adecuado al hecho, produciendo engaño. A este modo de falacia se le conoce con el nombre de sofisma.
El gran maestro de Estagira, como también se le conoce a Aristóteles, advierte que quien por ignorancia llama a las cosas como no son, es decir quien está en el supuesto de la falacia por paralogismo, en cuanto se le hace ver su error, en seguida cambia y corrige; en cambio quien incurre en la falacia sofistica, razonando intencionalmente de mala fe o con dolo, posee voluntad de engaño, sabe que deliberadamente está confundiendo los conceptos y cuando se le hace ver su error no cambia ni corrige y se molesta recurriendo a epítetos, es decir a insultos y descalificaciones para quienes se atreven a confrontarlo, como si la emoción o vehemencia que se emplea en descalificar tuviera el poder de cambiar por voluntad o capricho el contenido de los conceptos.
Sirvan los párrafos anteriores para dejar asentado que desde hace más de 2,400 años está científicamente demostrado que llamar a las cosas por su nombre es la primera regla del entendimiento, condición de principio para el razonamiento correcto, exigencia de la lógica elemental y condición para comprender la realidad e interactuar en sociedad y gobernar.
Al parecer, en la forma de comunicación del presidente López Obrador se muestra una tendencia a la falacia de concepto, por ejemplo, desde que dio inicio el año ha sido notorio el desabasto de gasolina en muchos Estados del país con las consabidas pérdidas económicas y molestias para los ciudadanos que requieren gasolina en sus vehículos para la realización de sus actividades. Ante esta situación de escasez y de evidente irregularidad en el suministro de combustible resulta absurdo pretender que el desabasto se modifique conceptualmente en no abasto y produzca otros efectos. El argumento para justificar el desabasto o no abasto, es impedir el robo cerrando los ductos por donde pasa la gasolina, es decir, un gravísimo hecho de impunidad y complicidad que ha permitido el robo sistemático de la riqueza nacional, se pretende combatir transportando en pipas el combustible, sin atender de manera jurídica, judicial y contundente este abuso, identificando y poniendo a disposición de las autoridades a quienes se han beneficiado de este infame atraco, combatiendo eficazmente la corrupción y la impunidad.
El avance en todo el país de los índices de criminalidad, delincuencia e inseguridad que diariamente se reflejan en el creciente número de homicidios dolosos, ha llevado a la sociedad mexicana a vivir con temor y a exigir y clamar por acciones de autoridad que contengan esta ola de violencia que de modo particular afecta a los jóvenes.
El esfuerzo de los gobiernos anteriores de emplear a las fuerzas del Ejército en labores de seguridad interior, es evidente que no dio los resultados que se esperaban. Durante su campaña por la Presidencia, López Obrador ofreció una solución distinta de abrazos y no balazos; ahora está en discusión en el Congreso una iniciativa de él de reforma constitucional para la creación de la Guardia Nacional, que en los hechos supone la sustitución de la Policía por el Ejército, con los graves riesgos de violación a los derechos humanos, al exponer a las fuerzas armadas a realizar actividades y tareas para las que no están capacitados ni fueron formados. Los soldados no son policías y no deben confundirse los conceptos. Gobernar supone la serena y meditada identificación de la mejor estrategia, que no debe confundirse con la apresurada ocurrencia.
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