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Barandilla: La ética personal es natural

A lo largo de la historia, la conducta del ser humano se ha enfrentado a la doble posibilidad de comportamientos que honran o que deshonran esa condición de ser racional; una mirada sobre el último siglo y lo que va del presente nos acerca a esta realidad de proclamación y violación sistemática de los derechos humanos, amenazas de destrucción planetaria por armas nucleares, navegación por internet y muerte por hambre de millones de personas.
La libertad implica siempre el riesgo de escoger entre las conductas dignas de los seres humanos y otras indignas y patológicas. Es por esta razón que el conocimiento, estudio y práctica de la ética es indispensable. La ética se define como la elección de la conducta digna, del esfuerzo por adecuar los actos a lo que es verdaderamente bueno y el arte de conseguir vivir haciendo el bien, así podemos entender que la conducta ética es la mejor de las conductas posibles.
Nadie quiere contratos o relaciones con personas que obran mal, que sus actos son oscuros o engañosos, porque esas personas no son dignas de confianza y sin confianza no es posible establecer ninguna relación sana y duradera, porque tarde o temprano se producen comportamientos indebidos e injustos que afectan las relaciones establecidas, destruyendo la confianza y haciendo inviable el futuro, porque entre mentirosos la incertidumbre se asienta.
La formación ética permite reconocer que toda la realidad está diseñada y regulada por leyes que conviene conocer y respetar. Las normas de tránsito, de comercio, de civilidad, construyen en su conjunto un entramado que hace posible el ejercicio de lo social, de manera que el reconocimiento de esa condición de normas y reglas establecidas permite evaluar la conducta personal y la de los demás bajo criterios objetivos que determinan en cada caso lo que es bueno o malo, debido o indebido, justo e injusto.
El sentido común permite a cualquier persona reconocer que es bueno respetar a las personas y honrar la palabra dada, y que es malo robar, mentir, hacer daño a los demás, discriminar a alguien o traicionar la confianza.
La condición humana, es fuente de leyes éticas, es decir de un conjunto de exigencias naturales que residen en la racionalidad y que obligan a orientar las acciones haciendo el bien y evitando el mal. Los antiguos griegos y romanos, que fueron los primeros en estudiar y advertir la existencia del orden moral propio del obrar humano, descubren leyes no sólo físicas o biológicas, sino éticas, que están presentes en los actos humanos, de manera que al reconocer que la racionalidad es característica propia de la persona, porque esa es su naturaleza, también reconocen el carácter universal y objetivo de la ética, no depende de los legisladores, ni de los gobiernos en turno establecer su contenido. Sin importar el tiempo pasado, presente o futuro, la obligatoriedad de las normas éticas está presente en cada ser humano, humanizando con sus buenas acciones el mundo y la sociedad en que vive.
La ética personal es natural, porque la condición racional propia del ser humano, exige un orden que se reconoce y descubre como contenido esencial de cada acto. Desde luego, en ejercicio de la libertad la persona puede actuar traicionando el bien que debería hacer, pero la repetición de actos malos o indebidos, no cambia el calificativo moral que les corresponde, sino que hace evidente la contradicción en que incurre
quien así actúa.
Las normas éticas son anteriores y superiores a las leyes creadas por los legisladores, porque la obligatoriedad de respetar a los demás, de no matar, no mentir o no robar, se presenta a la razón humana como exigencias de ética personal y natural. Es necesario reconocer que la persona es sujeto de la educación y que tal cómo recoge la cultura a lo largo de los siglos, la ética constituye el conocimiento más importante para la vida, en tanto enseña los criterios para orientar los actos haciendo el bien y evitando el mal.

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