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Siempre hay otros: Maestros, el origen de la maldad

Siempre hace falta un golpe de locura para desafiar un destino.
Margarite Yourcenar

Desde el lunes pasado le dábamos rienda suelta a la imaginación, sobre la conveniencia de escribir este día, festivo para la mayoría de las maestras y maestros de México, no para todos; cabildeando sobre la necesidad de realizar algunas consideraciones importantes.
De pequeños éramos enviados o llevados a la educación preescolar, o kínder como se le nombra ahora también, a terminar de aprender lo básico en las artes de figuras con plastilina, e ingresar a esa primaria de seis largos años, donde el conocimiento llegaba a cuentagotas, salvo algunas excepciones.
En provincia se es más dependiente de los maestros, que lejos de apoyar más la enseñanza para un aprendizaje complementario en casa, frenan las iniciativas de los padres de familia, como leer un libro al mes y comentarlo en clase.
En Ciudad del Carmen el apego, sobre todo de las mamás de los pequeños, que no los dejan ni a sol, porque sombra hay poca en la isla, con la tala indiscriminada de árboles a lo largo de su historia, y la no siembra de más de ellos, son negativos que inciden en los comportamientos, silencios prolongados o el uso indiscriminado del celular.

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