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Siempre hay otros: Sobre las piedras de la acera

Al final de cualquier tregua, la densa calma le sigue los pasos lentamente, midiendo los naturales terrenos, las temperaturas, en esos recovecos en las profundidades de la salvedad.
Estamos ante los disparates para posicionarse adrede, porque pocos son los que podrían traer una propuesta seria, conciliatoria; se basan más en encuestas discutibles, que en el férreo análisis de una realidad que nos rebasó hace mucho tiempo.
Dejamos de aprender y de entender demasiadas situaciones, alrededor de los espantos pretéritos, lejos de la simulación, ahí donde la jubilación nos arrincona, y la belleza se pierde con la niebla de los años caídos en el calendario.
No hay cultura para el perdón y el arrepentimiento. Nos intentan vender productos de pésima calidad, por fuera etiquetas de sobresalientes, y por dentro, podridos en la inmensidad de locura y la ambigüedad del disparate.
Aspirantes vienen y van de un lado a otro, alzando más la mano para verse ellos, declaran desear o querer, sin afirmarlo totalmente, y la Presidencia está quieta, como esperando una tregua más, ante la sombría copia que repite historias. Juzgamos caminos recorridos, pero nunca nos atrevemos a sopesar los entretelones de la política mexicana.
Nos sabe a poco lo que nos permiten conocer en los medios. Lo internacional se cuela poco en las estridencias, la nota siempre amarga, negativa, voraz y en fuga la damos todos cada día al no tener la capacidad para cumplir metas, individuales o colectivas, en el quehacer de depurar la mediocridad, y extinguir la maldad.
Los partidos políticos aprovechan los reflectores. No hay prisa, los pasos son meticulosamente medidos, avanzan conforme a las conveniencias de la audiencia; el rigor de los castigos electorales, más allá de las multas y prebendas, es todo un caso aparte.
Al menos tres secretarios del gabinete del presidente Peña Nieto hacen la tarea para estar en el escenario de exposición continua, unos más que otros, porque los temas alborotan también al respetable, por las tenues declaraciones en el circo natural del hambre, a los cuales se deben sumar independientes, que publican libros, como Jorge Castañeda, o locutores, como Ferris de Con, donde también las estrategias juegan un papel importante por los tiempos para el conocimiento de los potenciales electores.
La Presidencia no es asunto menor. Hoy lo que se deje de hacer marca la diferencia, y de lo que se tiene que hacer; de ahí resulta la crítica, no de la razón pura, que alguna vez leímos, sino en las negaciones de sentir que se podía hacer más.
Más los que no están hoy, pero estarán mañana, porque no es de magia o ingenuidad; es una decisión de los partidos políticos para ganarse el poder político de un país de más de 100 millones de habitantes, los más con necesidades apremiantes, los menos preocupados por el tipo de cambio, todos por la inseguridad que ha permeado, como la humedad, en las paredes.
Los tres del gabinete presidencial tienen ventajas y desventajas, más las segundas que las primeras, porque toman decisiones, están en la exposición diaria, donde no hay margen de error; todo lo deseamos perfecto, y los seres humanos estamos lejos de serlo.
El tema central de los últimos años ha sido la corrupción que nos quita cientos de millones de pesos cada día, en todos los niveles, como lo ha afirmado el presidente Peña Nieto; también los empresarios ponen su parte, para saltarse trámites, por pner un solo ejemplo, y acelerar la respuesta en la engorrosa burocracia sin fin.
Por eso recurrimos a una frase letal de mediados de los años setenta, que nos marcó a muchos, donde otros tantos nacían, pero la tienen muy clara como si fuera ayer, por lo letal del daño causado al país. Se afirmaba que la solución somos todos; pero la mofa era que la corrupción éramos todos.
Hoy sabemos que todos somos parte del país que deseamos tener; por ello habría que cambiar el sentido y el rumbo de las ociosidades, y permitirnos darle paso a quienes aspiran con propuestas sensatas, que nos convenzan que el cambio es posible.

En primera línea
Se afirma que apenas el 21% de los mexicanos de 25 a 34 años de edad cuenta con un título universitario, el porcentaje más bajo entre los 34 países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.
Y para asustarnos, porque la cifra se desploma a 12% entre 55 años o más, pero eso si, los puestos donde mejor se paga en el gobierno no requieren un título profesional. Espantoso el caso.

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A desmoralizar

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