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Siempre hay otros: Se nos muere la vida

Así sé, no puede uno quejarse. Para nada.
Octavio Balan Sosa

La mañana de ayer viernes fue de inmensos contrastes. Amaneció gris, no como los otros días; tuvimos enlaces en un par participaciones de programas en redes sociales y televisión, y cuando nos disponíamos a ver la repetición de ambos, para escucharnos, e intentar corregir más adelante en lo que viene, me cayó como un balde de agua helada la noticia vía mensaje desde Ciudad del Carmen, del deceso de un gran ciudadano.
Al buen Octavio le debo el gran trato que tuvo siempre para conmigo y lo que representa mi persona en los medios de comunicación. Hace algunos años me había contactado porque estaba en el proyecto de una revista y me invitó a colaborar con un artículo para su primer número.
De ahí vinieron como en cascada acontecimientos que se suceden todos los días en la vida real, en las redes sociales, en ese tic-tac del reloj que no dejará de marcar nunca los 60 segundos de cada minuto, y no siempre estaremos ahí, porque se nos muere la vida a cada instante, una parte de cada uno de nosotros se va con el día vivido.
No éramos de grandes intercambios de puntos de vista, sobre la política local, estatal y nacional, de la cual era un gran apasionado. Todo lo realizaba poniendo su máximo empeño, nunca se vendió a una causa, estuvo ahí siempre por convicción, no por ambición como la inmensa mayoría.
El Messenger era nuestro aliado; ahí conservo nuestras cortas líneas de expresión, sus carcajadas escritas ante la crítica de quien se equivocaba, y abiertamente lo tratábamos, lo mismo en su página personal, donde publicaba en libertad sus lealtades, sus conocimientos, pero sobre todo sus nobles sentimientos, un joven cuya nobleza lo distinguió siempre donde estuvo.
Sumó amigas y amigos; a mujeres y hombres de todas las filiaciones políticas tuvo a bien responderle con educación, nunca una grosería para un servidor. El Don Mariano me encantaba leerlo, al escribir estas líneas lo veo y mi padre está junto a mí; mi ejemplo era ese, llegar a esa connotación de respeto, que pocos se ganan hoy sin ese sucio intercambio de favores; aquí hubo honestidad en una amistad silenciosa, pero afectuosa, donde aprendimos juntos en los años recientes a dialogar, a respetar nuestras ideas, nuestros colores, nuestras trincheras políticas.
Se nos adelantó Octavio Balan Sosa, un ser humano como pocos, bonachón, cariñoso, buen hijo, mejor persona cuando tomaba un estandarte para defenderlo de todo y de todos.
Lo mismo comentamos el incremento, cuando se dio en los precios de las gasolinas, que desearnos buen año cada 2 de enero; mi respeto para su memoria, esa admiración que me escribió un día, me la guardo y mantengo viva su honestidad. Todavía el 19 de mayo pasado le envié una nota donde declaraba sobre los apoyos a los pescadores, publicada en Crónica de Carmen; primero por Messenger, luego a su correo, para que el cuatro de junio tuviera en mi celular su última carcajada, ante una publicación mía “EN PRIMERA LÍNEA”, que le compartí también.
Nos dejas al partir Octavio lecciones de la vida en política, donde siempre fuiste un gran baluarte. Supiste ganarte la confianza en la amistad y nunca la perdiste, porque podrías estar colaborando y trabajando para otro instituto político, y los que siempre juegan en la perversidad se apartaron; nadie entiende en la isla quien camina en la vida con zapatos de amor a lo que hace, al prójimo y al lugar donde nació.
Me nació escribirte ésta aportación desde que recibe la noticia en la sala de casa, y publiqué con unas flores, astromelias, por cierto, que era un día triste el viernes, un día gris dirían otros, un día donde al teclear estos últimos renglones en honor a tu memoria, cae un tenue granizo en la Ciudad de México, que se incrementa a la velocidad del zumbido que producen las teclas al poner cada letra, cada palabra, cada frase.

En primera línea

Al caer la tarde en tu despedida suspendida en no olvidarte jamás, como a mi hermano el año pasado, están en mí, porque hay palabras que se graban en el alma, y tú te quedas en mi memoria para siempre Octavio Balan Sosa.
Más allá de las despedidas, que son como una nube cargada de agua helada, la vida amontona deseos, desaparece el mundo en la perfección; y queda un poco de la esencia siempre.

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