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Siempre hay otros: Entre las lápidas y el aliento de una maldición

¿Qué el destino no hace visitas a domicilio, que hay que ir a por él?
Carlos Ruiz Zafón

No nos vamos a morir de miedo, menos de angustia o de melancolía. La tarde de este jueves último de noviembre, le he dado un par de vueltas al tema que escribiría para ustedes y para mí por supuesto; en ese ir y venir austero de las palabras y las letras, en la sincronía de quienes disfrutan las luces como las sombras, la noche como el amanecer.
Más a menudo platico con mis hijos sobre los temas del mañana, en estos tiempos donde los años no significan mucho ante lo inevitable, y escuchamos las pláticas en los intervalos de las video conferencias en la oficina, a la cual asistimos hasta tres días a la semana, de acuerdo a las cargas de responsabilidad y manuales por actualizar.
En ellas las referencias son sobre lo mismo que nos aqueja hace más de un año al mundo entero, sin soluciones factibles a la vista, ante un posible rebrote, y miles y miles de contagios, personas cercanas a mis afectos, hospitalizadas, porque hay oficinas en el Gobierno Federal que ya asisten todos los días, con los cuidados que tienen a su alcance, no más.
Vemos las calles sobre todo los dos días últimos de cada semana hábil, con más movimiento. Si no tuviéramos los cubrebocas no sabríamos que seguimos atrapados en un círculo tenebroso de contagio y muerte, de desafíos no asumidos por la irresponsabilidad de quienes todos sabemos, y no vamos a la necia de repartir culpas; ahora sí que cada quien su vida.
¿Hasta dónde puede ser verdad que se van los mayores, los más adultos, los enfermos de algo más, y que al intubarte no vuelves al mundo de los vivos?
No hay por cierto vacuna contra la influenza, y todos callados por aquello que ser enemigos, un sistema de salud que adolece de lo fundamental, la prevención. Ahora también entendemos la queja reiterada de los padres de los niños con cáncer, del seguro popular extinguido, y tantas otras desapariciones no explicadas.
Naufragamos en un país sin presente y menos porvenir. No somos fatalistas ni asumimos negativos como parte del escenario funesto, que imagina lápidas, cementerios y sepulcros, cercano el panorama al último libro leído de Ruiz Zafón “El prisionero del cielo”, liberado por cierto entre los muertos y vuelto a la vida.
Viernes de un sinfín de actividades para mantenernos en pie, despertando como todos los días hace un par de meses al sonido de un despertador al otro lado de mis sueños, a eso de las cinco de la madrugada, frías por cierto, y las heladas, las de un diciembre inhóspito que se viene cual tsunami.
La maldición llegó como la fiebre amarilla que mató a millones de personas, mientras los otros, porque siempre hay otros, intentan la protección con los animales irracionales, consideran los residuos orgánicos para la generación de energía eléctrica, regularán la marihuana y su consumo y hasta dilapidan los millones que ingresan por los disciplinados contribuyentes que vaya que aportan para que unos cuantos se den vida de reyes, sin monarquía en un país de pobres y desilusiones a la carta.
La memoria se actualiza también con las vivencias del pasado. Nuestros padres y nuestros abuelos que nos dejaron hondas enseñanzas, donde nunca nos ocultaremos de lo que pensamos, porque inexorablemente el tiempo nos arrastra hasta el final, sin sombras ni aventuras a estas alturas de un sexto piso de paz y décadas de crecimiento en todos los sentidos.
Inquietante lo que atravesamos. Terrible secretos seguramente encierra el afrontar lo que se tejió para la aparición de una pandemia inmunda, que dejará un gran cementerio a lo largo y ancho de un mundo globalizado que continúa haciéndose preguntas, sin reparo en acertar en alguna respuesta en la lógica de los encantamientos entre sombras.

En primera línea

Una renuncia más en la 4T de los morenos. Rodrigo Vázquez Colmenares, compañero de estudios secundarios, deja la Agencia Federal de Aviación, de la cual era su director desde el inicio de la administración de López Obrador.
Creció entre aviones desde siempre, un apasionado de su trabajo, dedicado de tiempo completo, coincidimos con él hace poco más de un año y charlamos a gusto. Algo no le gustó y dimitió, como dice un escueto comunicado.


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