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De frente y de perfil: Candidatos de emergencia

Dos son las ocasiones en que el PRI se notó desprovisto de un abanico de candidatos presidenciales y en ambas perdió los comicios.
Fueron los casos emergentes de Francisco Labastida Ochoa y Roberto Madrazo Pintado, los que resultaron candidatos presidenciales de un PRI fracturado y con un amplio rechazo ciudadano.
Esa circunstancia se asoma hacia la contienda presidencial del 2018, mostrando a un PRI sumamente alejado de la ciudadanía, con amplio rechazo debido a los abusos de algunos gobernantes o integrantes del Gobierno Federal y sin un abanico de prospectos que logren impactar entre los votantes.
Desde sus inicios el PRI mostraba sus prospectos, aunque como parte del gobierno en funciones se veían impedidos de hacer proselitismo, pero para eso contaba con la maquinaria partidista, lista siempre para ganar o arrebatar en las urnas.
Se producían fracturas, con la nominación del candidato presidencial, algunas costosas, otras sin mayor importancia, aunque siempre resolvían de buena manera.
Juan Andrew Almazán, Ezequiel Padilla y Miguel Henríquez Guzmán fueron las más sonoras en la década de los 40 y 50, las que fueron resueltas rápidamente.
Después de ello vino un impasse, hasta que la Corriente Democrática provocó el éxodo de miles de simpatizantes y militantes del partido tricolor para seguir a Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, cabezas de aquel movimiento.
Durante todos esos años, los priistas siempre mostraron su amplia cartera de aspirantes, cuando no existían métodos de medición, como son las encuestas y sondeos, tan de moda hoy.
Casi siempre el favorito o uno que estuviese incluido en una inexistente terna era el candidato propuesto por el presidente de la República en turno.
Fernando Casas Alemán y Adolfo Ruiz Cortines llegaron a la final con rumbo a los comicios de 1952, pero Miguel Alemán se había decantado en favor del segundo.
Gilberto Flores Muñoz y Adolfo López Mateos eran los más mencionados, para suceder a Ruiz Cotines, siendo seleccionado el segundo.
Donato Miranda Fonseca, Gustavo Díaz Ordaz y en menor tenor Antonio Ortiz Mena, sonaban para la sucesión de López Mateos, quedando la nominación en el segundo.
Luis Echeverría Álvarez, Emilio Martínez Manatou y nuevamente Ortiz Mena, fueron los más fuertes aspirantes para abanderar al PRI, aunque les ganó la candidatura el primero de ellos.
Con la sucesión de Echeverría Álvarez se inició la guerra de nombres, con el destape de los siete “magníficos”: José López Portillo, Mario Moya Palencia, Carlos Gálvez Betancourt, Hugo Cervantes del Río, Porfirio Muñoz Ledo, Augusto Gómez Villanueva y hasta Luis Enrique Bracamontes fue incluido, aunque la real disputa se dio entre el primero y segundo, saliendo avante el primero (López Portillo).
López Portillo evitó un número tan alto de aspirantes y procuró que todo se diluyera entre Miguel de la Madrid, Javier García Paniagua y Pedro Ojeda Paullada, favoreciendo al primero de ellos.
De la Madrid abrió el abanico a seis prospectos: Carlos Salinas de Gortari, Alfredo del Mazo, Manuel Bartlett Díaz, Sergio García Ramírez, Ramón Aguirre Velázquez y Miguel González Avelar, recayendo la nominación en el primero que la disputó con el tercero. Fue en aquella sucesión que se dio la confusión, cuando la gente de Alfredo del Mazo filtró que el candidato era Sergio García Ramírez.
Luis Donaldo Colosio y Manuel Camacho Solís se fueron a una final de fotografía, según los expertos, aunque Salinas de Gortari optó por el primero desde siempre. Pedro Aspe Armella, Emilio Gamboa y Fernando Ortiz Arana fueron mencionados ante la emergencia de encontrar un candidato sustituto, provocado por el asesinato de Colosio Murrieta, distinción que recayó en Ernesto Zedillo Ponce de León.
Fue precisamente Zedillo quien se quedó sin candidatos, ante la reforma a sus estatutos y los candados puestos por los priistas, donde únicamente Francisco Labastida Ochoa reunía los requisitos para ser candidato presidencial dentro de su gabinete, ya que los otros, José Antonio González Fernández o Esteban Moctezuma, ni siquiera fueron considerados.
Para darle un tinte de democracia se convocó a una elección interna en la que participaron Roberto Madrazo, Manuel Bartlett y Humberto Roque, la que se encontraba sumamente dirigida al triunfo de Labastida y su consecuente derrota en las urnas oficiales.
Seis años después, ya sin presidente de la República propio, los priistas se enfrascaron en na batalla sin límites, donde Roberto Madrazo venció en una mascarada democrática a Everardo Moreno, luego de que su contrincante Arturo Montiel fue exhibido con actos de corrupción y los seguidores de este no encontraron una adversario para el tabasqueño, quien cayó en las urnas, ante la traición de sus propios compañeros de partido.
Hace seis años, Enrique Peña Nieto era un sol, resplandeciente ante los demás priistas, por lo que todos se hicieron de lado, para que emergiera su candidatura. Si acaso Manlio Fabio Beltrones, intentó tímidamente competirle, pero la ventaja entre los propios y los extraños era demoledora.
En esta ocasión no se ve un militante priista con el arrastre de Peña Nieto y los aspirantes de este partido se encuentra sumamente relegados de los punteros de otros partidos, aunque Miguel Ángel Osorio Chong intenta disputar las preferencias dentro y fuera de su partido, pero se advierte un clima hostil hacia él, que podrían frenar sus posibilidades reales de abanderar al partido tricolor.
Lo peor de todo es que los priistas viven momentos difíciles, donde la corrupción, el abuso y los desmanes de algunos de sus principales militantes los ponen en una situación complicada.
Para colmo de males, diversos mandos medios, exgobernantes y exdirigentes se muestran inconformes con el arribo de su dirigente nacional, Enrique Ochoa Reza.
ramonzurita44@hotmail.com

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