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Barandilla: Política y cambio social

A lo largo de los próximos dos meses nos espera un bombardeo de excesos retóricos en la voz de los candidatos a los puestos de elección, en el ámbito local y desde luego nacional. Es previsible que lleguemos a niveles de saturación donde el enojo se imponga al genuino interés por estar informados y tomar la mejor decisión respecto del voto que habremos de emitir el 1 de julio.
En el esfuerzo por permanecer en el interés y captar la atención de los potenciales electores, los candidatos han optado por la estrategia fácil de ofrecer y prometer lo posible y lo imposible; lo deseable y lo indeseable; lo racional y lo irracional, en una especie de juego de pujas, como los que se acostumbran en las subastas, de manera que el que más bueno, bonito y barato ofrezca. Es posible que se beneficie con la preferencia de los electores, y ya luego en el ejercicio del cargo será visible el compromiso real con el cambio social que toda elección política supone.
Para permanecer en la mente y el interés de los electores, los candidatos además se esfuerzan por diferenciarse de sus contrapartes y en esa dinámica es común que elijan un tema y con insistencia lo refieran; en estas elecciones, la corrupción y sus efectos de impunidad e injusticia se han convertido en el asunto más recurrido.
La incompatibilidad del cambio social en la inercia de la corrupción que ha extendido sus nocivos efectos por las funciones de gobierno municipal, estatal y federal, exige comprender el límite real de la acción política, de manera que se clarifique para que el ciudadano elector comprenda el rol y alcance real de los candidatos ahora en disputa por cargos de elección. No está en ellos realmente el cambio social que México necesita con urgencia; sus promesas y propuestas de campaña en realidad son vanas, deseos y frases hechas de lugares comunes que a lo largo de décadas no han cambiado, ni superado el desolador espectáculo del enriquecimiento ilícito con que suelen coronar los políticos su trayectoria de funcionarios públicos.
Si lo miramos y entendemos con cuidado, el cambio social proviene y ha provenido siempre de la sociedad; es ella en la persona de los ciudadanos electores quien otorga su voto y confianza a un candidato o a otro, y es también de la propia sociedad de donde surgen los políticos, de manera que como ocurre en otras democracias de América y de Europa, no debería ser tolerado por la sociedad mexicana el enriquecimiento ilícito y la transa como explicación de la fortuna de aquellos políticos que con ocasión de cargos públicos desempeñados han construido su patrimonio.
Los políticos no están en posibilidad de impulsar el cambio social. Es la sociedad la que debe elevar el nivel de su cultura cívica para dejar de ver como explicable o normal la corrupción que no es normal, ni congénita, ni natural.
El cambio social que le urge a México no está en el siguiente presidente o gobernador o legislador. El cambio social está en el nivel de cultura cívica que sea capaz de vivir la propia sociedad, en un marco de exigencia ciudadana real y de ética política, de manera que no sean toleradas las violaciones a la ley y el abuso del poder como formas cotidianas de vida.
Una sociedad formada ética y cívicamente, es capaz de exigir más a los gobernantes y de tolerar menos la arbitrariedad y el abuso. Es esta una elemental lección de ética política que diariamente nos dan aquellos gobiernos capaces de llevar ante los tribunales para juzgar en justicia y conforme a la ley a los gobernantes corruptos; éste es el mejor indicador del cambio social y de la auténtica política.

mcplataspacheco@gmail.com

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