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Siempre hay otros: La ordinariez de la muerte

Un tigre no pierde el sueño por la opinión de las ovejas.
Proverbio asiático

Los humores son como las pasiones, intensos, desagradables al final; además, combinados con los estados de ánimo imprevistos, las malas noticias se siguen acumulando en la sordidez del lamentable muro de otras discordias.
Diecisiete es un número sugestivo, que en el transitar de la existencia nos ha marcado severamente para bien, inolvidable como quienes parten a otras latitudes; inexplicables, cubiertas de misterio, silencios prolongados que recorren las escenas vividas.
Dos en contrasentido, entre los inagotables recuerdos de una niñez con tantas circunstancias a favor, para aprender no solo a nadar, sino a medir cada instante de quietud e inquietud, valoraciones en el cabildeo de aquellos que han partido.
Nos estamos haciendo viejos; adultos ya somos hace muchos años, desde antes de los 18, en la inmediata toma de decisiones que marcan diferencia, esa que nos mantiene actualizados y vivos.
La eternidad es el todo y la nada a la vez. Seguimos concediendo el beneficio de la duda a la memoria, que hasta en sueños invoca presencias de ausencias notables; el cuerpo vuelve a ser materia en el infinito, y no somos simplistas, pero perdemos el sentido de la ubicación con respecto a los demás.
Alegorías en plenitud de conciencia, agradecimientos a la vez a dos seres únicos, cada quien con vivencias distintas; atardeceres maravillosos en el primer caso, como si fuera día de campo la tarea en la primaria “Juan B. Caldera”.
Lo otro, apenas tres años de sucedido. Un lente que captaba casi todo, porque todo es imposible hasta para los sentidos; el gusto y la pasión por lo natural del clic imperfecto, transformarlo en perfecto desde su óptica.
Hoy ya no están más. Un fin de semana de contrastes, de no dar crédito que nos vayamos en un abrir y cerrar de ojos; en ello perdemos hasta el sentido del disgusto, en los humores sedientos de llanto, en las nostalgias de quien mira con recelo al pasado.
Desde el viernes pasado no volvemos a ser los mismos. La retórica política interminable seguirá acumulando huérfanos a sus cuentas personales, dejando escasos espacios para la ruina de lo indecible.
Somos todo y nada a la vez. El bosque es inmenso en la quietud de una noche, y violento en el despertar ciego de la ira, de quien vuelve a escuchar el mismo cuento.
Una isla convertida en ciudad por la necesidad de la globalización, donde menos nos conocemos, y por supuesto nunca vamos a reconocer lo creativo, el gusto a quienes marcan diferencia, y sobre todo a los culpables de alcanzar el éxito, su éxito.
Y bien se afirma con todo y letras cantadas “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar, la llegada de otro amigo”.
Dos en un fin de semana se han ido para siempre. Es un exceso para lograrlo asimilar de golpe y porrazo, en la inquietud de los salvamentos, entre las cofradías de quienes lucran hasta con la muerte.
En el primer caso, omito el nombre por respeto a su memoria; en el segundo me sucede algo descifrable, el más cercano ser a mi único hermano en Ciudad del Carmen, que atendió en el momento preciso las vicisitudes de quien vive al máximo, sin freno.
Madrugadas para concertar distancia con la innombrable a la cual no le tememos, pero si debemos atender a la maldad que rodea a la aldea, casi nunca en esa sobriedad de quien brinda por más vida útil.

En primera línea

Contra lo que pueda afirmarse, somos más responsables en el uso de los vehículos con consumo de gasolinas, servicios a tiempo y verificaciones para nuestra seguridad.
Los verificentros nos extrañan quizá, pero más aún los días nublados con densa capa de contaminación en la capital del país. No hay contingencia atmosférica sin truco.

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