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Barandilla: El impostor

Dentro de la extensa obra del gran actor y autor francés Jean Baptiste Poquelin, mejor conocido como Moliere 1622-1673, se encuentra la obra de teatro escrita en cinco actos, cuyo nombre original es Tartufo, pero que debido a la oposición de quienes se sentían ofendidos por la puesta en escena, el autor fue obligado a cambiar el nombre, y en rebeldía por el atrevimiento de sus críticos le dio el nombre de El impostor.
Tartufo es un nombre inventado por Moliere para dar vida al protagonista de su obra teatral. El nombre proviene de la trufa, el hongo subterráneo de gran sabor y aprecio culinario que se desarrolla en tierras húmedas y oscuras, absorbiendo los nutrientes del terreno, dejándolos inservibles para otros cultivos. Tartufo ha sido incorporado al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española para nombrar el modo de ser de las personas hipócritas, aduladoras y falsas.
El padre de la comedia francesa, tal como se le conoce al gran Moliere, fue hijo de un modesto tapicero que se ganaba la vida haciendo cómodos muebles para las familias ricas y cercanas a la corte del Rey Luis XIV. Cuando tenía 10 años su madre murió; su relación con su padre nunca fue cercana. Sus biógrafos piensan que gracias al cariño que encontró en la familia de un tío materno dedicado al montaje de escenarios, es que el pequeño Jean Baptiste descubrió su temprana vocación por la actuación y por la creación de obras de teatro. Murió prácticamente en el escenario, a los 51 años, en el esplendor de su fama, víctima de tuberculosis. Fue un hombre de un enorme talento artístico, de gran carisma y simpatía que desplegaba en cada representación, cautivando al público con el manejo de la voz, los gestos y la elocuencia fina, espontánea y divertida de sus caracterizaciones.
Para Moliere el teatro era un gran medio de educación y se propuso en cada una de sus obras caracterizar en sus personajes rasgos exagerados para lograr comicidad. Así por medio de la simpatía se proponía dejar en el público un mensaje moral, el valor social de la moderación y el equilibrio por encima de los excesos en que incurren los hipócritas, aduladores, falsos devotos y avaros.
Moliere se propuso al escribir y poner en escena su gran Tartufo desenmascarar a los aduladores del rey, a esos altos funcionarios cercanos a la corte y al poder, de finas maneras y elegantes vestidos, siempre oportunos y serviciales, eficaces e incondicionales, confidentes de secretos e intimidades, que en realidad se convierten en expertos en el lucro de todo tipo de chismes, intrigas, medias verdades y favores indebidos, siempre al amparo de una apariencia de moral irreprochable y lealtad incondicional.
La aguda visión y la fina y penetrante intuición de Moliere respecto de las motivaciones de los falsos servidores públicos, hacen evidente el enorme peligro en que se encuentran los gobernantes cuando se rodean de aduladores y aplaudidores incondicionales, cuyo objetivo es siempre el mismo, distanciar al gobernante del pueblo llenándolo de exagerados elogios hasta cegar su mirada y nublar su razón, de manera que no sea él quien ejerza el poder, sino el séquito de hongos tartufos que le rodean, hasta extraer de él todos los beneficios.
La política mexicana no es ajena a la proliferación de falsos servidores públicos. Es indispensable que en la configuración del nuevo gobierno exista claridad de mente en el presidente electo y en los gobernantes para ejercer el poder con mesura y realismo, de manera acotada por la acción de los otros poderes del Estado y teniendo siempre presente la temporalidad de su encargo y el bien común como referente de las acciones de gobierno.
mcplataspacheco@gmail.com

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