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Barandilla: La pobreza, la democracia

Adela Cortina Orts, profesora universitaria, filósofa y escritora, nacida en Valencia, España en 1947, cuenta en su extensa obra literaria con un libro de reciente publicación que lleva por título “Aporofobia”. Es el concepto que ella inventó para nombrar el rechazo y la repulsa hacia las personas en situación de pobreza; su aportación ha sido tan significativa para la ética y la política, que incluso el concepto mismo ha sido incluido en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.
La aporofobia, (aporos pobre, desposeído, indigente; fobia, horror, repulsa, odio) no debe ser confundida con la xenofobia, con el racismo o la discriminación que frecuentemente se vinculan a la condición de precariedad de los migrantes, quienes con riesgo de su vida y abandonando su familia y país, intentan introducirse en otro donde suelen ser víctimas de abusos y violaciones a su dignidad y derechos humanos; por contraste la situación de ingreso y llegada de un turista o un inversionista extranjero es otra. Pueden ser personas bien recibidas en cualquier país, siempre y cuando traigan dinero, de manera que la pobreza es el elemento que hace la diferencia entre las personas para recibir, despreciar, rechazar o evitar a algunos; no su color de piel, no sus creencias, no su cultura, sino la falta de dinero, de bienes y patrimonio para interactuar en el mercado global.
En este siglo XXI que disfruta ya de tantos logros de la humanidad, la pobreza migrante o nacional, con todo su dolor y su tragedia, irrumpe en el escenario mundial y debe ser entendida como el gran reto de la democracia. La vulnerabilidad de los países está relacionada con su capacidad o incapacidad para que sus habitantes hagan sus vidas con el mínimo de condiciones materiales que exige el respeto por la dignidad humana. Allí donde el hambre, la desnutrición, la insalubridad, la violencia, la falta de vivienda, de educación, de transporte, de acceso al agua potable, de salario remunerador, de gobernabilidad y de tantas cosas más hacen falta, es posible afirmar que la democracia es débil o inexistente, porque los votos para acceder a los cargos públicos se pueden comprar y manipular el resultado de la elección y porque las instituciones gubernamentales inducen o propician la corrupción y la impunidad, sometiendo al pueblo al capricho de quienes pervierten el ejercicio del poder político, que siempre debe ser para servir al pueblo, y no para servirse del dinero del pueblo.
En su caminar por la historia, la humanidad ha encontrado que la democracia es la mejor forma de gobierno para hacer posible la vida en sociedad, pero la pobreza es su gran enemigo a vencer, porque las personas no pueden hacer sus vidas con dignidad, sin el acceso a un mínimo de bienes personales y públicos que permitan el despliegue y el desarrollo de cada mujer y hombre que integran la población de un Estado. En nuestro país, el acceso a esos bienes y satisfactores, durante muchísimos años ha sido mal administrado y peor distribuido, beneficiando en exceso a un reducido grupo en perjuicio de una mayoría a la que se le han negado o postergado las oportunidades que en justicia les corresponden.
La pobreza, la indigencia y precariedad, no son el destino manifiesto y fatal de más de la mitad de los mexicanos; no debe prolongarse por más tiempo el sufrimiento callado y resignado de millones de compatriotas que carecen de lo indispensable y que en cierta forma se han acomodado a esa forma de vida. La enorme expectativa que el presidente electo ha generado, en verdad sugiere un horizonte de esperanza al poner en primer lugar de sus prioridades de gobierno atender a los pobres, empezando por el gobierno, que evite y sancione el lujo y el despilfarro para generar empleos bien remunerados que mejoren la calidad de vida de millones de mexicanos; este es el camino para superar la grave enfermedad social de la aporofobia.
mcplataspacheco@gmail.com

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