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Barandilla: El discurso de la violencia

Los estudiosos de la Filosofía coinciden en definir la ley como medida del movimiento para asegurar el dominio de la forma sobre la materia. Los seres vivos poseen una fuerza proporcional a su propio ser que les permite desarrollarse porque poseen una ley interior gracias a la cual ejercen con fuerza sus funciones vitales (crecer, reproducirse, morir) en su materia; es decir, en su cuerpo tienen verificativo esos cambios, sin alterar su forma esencial.
La presencia y acción de la fuerza que ignora o transgrede la ley se llama violencia. Sus efectos y consecuencias son proporcionales a su ímpetu destructor, cualquier ser vivo, al perder su ley natural, también pierde su orden y su medida. Así el sentido propio del término violencia señala la ausencia de una medida interna y externa en relación con la acción de fuerza.
Cuando la violencia ocurre en el orden de la naturaleza, siempre es de manera extraordinaria y en realidad estamos en presencia de efectos de las fuerzas cósmicas o planetarias, que estudian la Física o la Astronomía. En sentido estricto no se trata de acciones violentas, sino de fuertes movimientos físicos inscritos en las leyes inmutables del universo, que sin lugar a dudas suponen para los seres humanos implicaciones catastróficas por las alteraciones a los ritmos vitales.
En las relaciones humanas la violencia es frecuente. El ser humano es capaz de desmesura y arbitrariedad hasta grados inimaginables, porque es dueño de su propia ley y en consecuencia puede obedecerla y respetarla ordenando sus actos en la dirección que señala o hacer todo lo contrario, violentando o ignorando el orden social y sus exigencias.
El ser humano por ser racional posee la capacidad de armonizar su conducta personal y dirigir las acciones de los demás al orden social existente, de manera que la ley humana es la medida de la razón sobre si mismo y sobre los demás. Los actos de violencia siempre contienen dosis de irracionalidad, de fuerza bruta inexplicable, ante las cuales en ocasiones cabe defenderse como reacción de repulsa natural frente a la agresión, porque el llanto que provoca el dolor y el daño son inevitables.
La abundancia de violencia en nuestro país y en los pueblos y las calles del mundo; la inseguridad ciudadana, la impunidad y la desprotección de los pobres, los débiles, los ancianos, los niños y niñas, las mujeres; la corrupción gubernamental; la discriminación; la drogadicción, la mentira y el cinismo; el abuso de poder y sexual; el incontable número de víctimas y muertos que se amontonan en la memoria colectiva, en documentos y expedientes, dan cuenta de una realidad escalofriante y dramática que debe ser atendida con seriedad y objetividad, sin restarle gravedad y urgencia al pretender que se puede mitigar o combatir con más violencia.
Toda acción violenta supone negación al diálogo o un diálogo frustrado, porque lo propio de la condición humana es la racionalidad, es el uso de la palabra para la construcción de acuerdos. La violencia es un silencio de las palabras que opta por la acción unilateral y destructiva, primero en las relaciones interpersonales; después en las relaciones de las personas con las instituciones y luego entre pueblos y gobiernos.
El discurso de la violencia es el ejercicio de la fuerza sin ley que destruye el orden social y los vínculos indispensables para que la vida sea realmente humana. Es tiempo ya de revalorar el diálogo y la escucha, el sentido y la importancia del respeto por la ley, no como un texto muerto e impersonal o meramente penal, sino como la tendencia lógica que motiva las acciones humanas para hacer o no hacer, según sea el caso, lo debido, lo bueno y constructivo para la persona que así actúa y para el orden social comunitario fortaleciendo el bien común.
mcplataspacheco@gmail.com

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