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Músicos urbanos

Por: Gilberto Kantún

Desde un rincón de la entrada del Comercio, un boquete abierto en el rehecho lienzo de muralla, Manuel y su hija emprenden un día más de concierto urbano, de música a veces irreconocible.
El viejo acordeón se pliega y despliega entre las manos del hombre de huaraches de cuero crudo, que con los pies lleva el ritmo de algo que suena como “La Bikina”, aunque en una versión muy libre. Los dedos del campesino recorren las teclas y pulsan los botones de notas bajas. El fuelle del instrumento rivaliza con las marcadas arrugas de su moreno rostro. El sol en el campo no perdona.
María, “así como la madrecita de Dios”, eleva un traste de plástico verde para que el auditorio haga llegar sus monedas para la comida. Hace dos meses llegaron a Campeche desde la comunidad de Rayón, un pueblo chiapaneco que, como su nombre, es un rayón entre la bruma que a diario mantiene atrapada a la comunidad. Ahí, la gente te va saliendo al paso de entre la neblina, como en una película de vampiros.
Padre e hija luchan a diario para obtener para un mendrugo de pan, algo para darle de comer a la madre y a dos hermanitos que permanecen en un hospedaje. El solar de Manuel no dio este año para la “papa”. La siembra de café quedó arruinada y sin ayuda gubernamental “todo se va al carajo”.

La gente pasa sin escuchar las súplicas de la niña, que pide una moneda para la música, para el esforzado padre que saca notas de la mente para tratar de empatar alguna canción, quizás de propia autoría, porque no se parece a nada.
La sombra de la muralla los cobija y los protege de la vista de los policías que pasan raudos en sus “Segway”, rumbo a las tortas de Marcos Ruelas, “el original”.
El acordeonista baja la vista ante el paso de las personas. Se ve agobiado ante el peso de la pobreza que se equilibra en su cabeza y sin una luz al final del túnel. La niña se esfuerza en solicitar la caridad de quienes pasan a su lado, pero la indiferencia es la respuesta. Unas monedas tintinean en el traste para incitar al público, pero son pocos los que depositan un peso. Lo que caiga los ayudará a sobrevivir y juntar para regresar a su “jacalito” en Rayón.
La familia emprendió una gira musical y no ha sido del todo productiva como le dijera el compadre a Manuel. Apenas han logrado para la comida y ahora están desesperados por regresar a su tierra.
Mientras, la música sigue saliendo del acordeón, triste como la vida de esta familia, que pide pan y no le dan.

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